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| 2.10. Obras de arte |
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Las imágenes titulares son el centro de las cofradías.
Los hombres y mujeres, los cofrades, pasan de largo por muy
meritorios y brillantes que hayan sido sus logros, pero las
imágenes permanecen y son las que realmente protagonizan a lo largo
de los siglos la vida de cada hermandad.
Hubo, allende los siglos, cofradías medievales sin
imágenes titulares concretas, pero conforme avanzó el tiempo y se
fue desarrollando el concepto de hermandad en España, y muy
especialmente en Andalucía, las efigies sagradas aparecieron y se
erigieron en el objeto de veneración que hoy conocemos y cuyo fin
último es acercar a los hombres a Cristo y su Madre.
La Iglesia, que desde sus primeros tiempos ha defendido
la exposición pública de imágenes al culto como medio para
facilitar y canalizar la oración, auspició con singular encomio la
producción de efigies sagradas durante los siglos XVI y XVII. La
Contrarreforma, es decir el espíritu del Concilio de Trento fue
propagado por los predicadores fructificando extraordinariamente en
Andalucía. En tal movimiento se incardinaron las cofradías para
adoptar la forma con que hoy las conocemos.
Los más grandes escultores españoles de todos los
tiempos encontraron su época entre los mencionados siglos XVI,
XVII y XVIII y, así, a caballo entre los estilos renacentista,
manierista y barroco, dos ciudades andaluzas, Sevilla y Granada,
acogieron las escuelas escultóricas que llevan sus nombres y cuyo
magisterio aún perdura hoy plenamente en el llamado neobarroco
andaluz.
Málaga y con ella sus cofradías, más cercanas
geográficamente a la capital de la Alhambra, inscribieron
inicialmente a sus artistas en la Escuela Granadina o bien
importaron directamente de dicha capital o de Antequera sus
principales obras.
Mucho más tarde, en la postguerra y tras los dramáticos
sucesos de los años treinta de este siglo que desembocaron en la
destrucción de la práctica totalidad del patrimonio artístico
y devocional de las hermandades, se repetiría el proceso de
contratación de la hechura de imágenes a artistas granadinos, si
bien desde los años setenta es la Escuela Sevillana la que concita
la casi totalidad de los nuevos encargos de imágenes para las
cofradías malagueñas.
Madera y policromía son los ingredientes que la
imaginería barroca andaluza utiliza no ya para crear obras de arte
de altísimo valor, sino, lo que es mucho más importante, para dotar
a las cofradías y con ellas al pueblo de auténticos objetos de
devoción mediante los que los fieles se comunican con Cristo y su
Madre. Los andaluces saben que las imágenes no son dioses en sí
mismas, sino retratos de Dios Hijo, de la Virgen María o de los
santos.
Es precisamente por esa necesidad de ser vehículos de
oración, que las imágenes titulares de las cofradías no sólo han
de ser esculturas de bella factura, sino que, además, han de ser
capaces de sobrecoger y emocionar al fiel. Por eso todo imaginero
es escultor, mientras que no todo escultor puede ser imaginero. El
imaginero no sólo no es un escultor de menor altura artística que
los dedicados a otro tipo de obras, sino que, muy por el contrario,
es un escultor que ha de añadir a la calidad formal de sus obras la
apariencia de vida, el latido humano y el halo de divinidad o
santidad. Por todo ello el imaginero ha de agregar a su aprendizaje
académico y al conocimiento de su oficio un hondo sentido
devocional, una fuerte experiencia religiosa y un buen conocimiento
de la teología y simbología cristiana. Sólo así el imaginero puede
conseguir que una escultura trascienda a la obra de arte y cobre
personalidad como retrato hasta el punto de que los fieles la
tengan por objeto de veneración.
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